LINAJE DON VELA DE LOS DOCE LINAJES DE SORIA

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  1. Conde Vela Jiménez: El Cerrojo de la Frontera

    Bajo el cielo plomizo del siglo IX, donde la bruma de los montes se confunde con el humo de hogueras levantadas contra el frío, se forjó la leyenda de Vela Jiménez. En aquellos tiempos, el Reino de Asturias era apenas un bastión de piedra y voluntad frente al gigante que se extendía desde Córdoba hasta los confines del Ebro —y el Conde Vela no fue solo un guerrero: fue el cerrojo de una frontera que se negaba a ceder.

    Como Conde de Álava entre 870 y 883, gobernó un territorio que parecía una herida abierta en el flanco oriental del reino. Bajo la mirada atenta del rey Alfonso III el Magno, su misión era clara: custodiar los pasos naturales que conectaban las llanuras del Ebro con el corazón montañoso del norte. Pero Vela no era un simple caudillo de montaña; en su sangre corría la astucia de la dinastía Jimena, y en sus oídos resonaba el eco de las cortes francas que gobernaban la Marca Hispánica. Se movía con la misma soltura en el fragor de la batalla que en la penumbra de los consejos, tendiendo puentes invisibles hacia el Imperio Carolingio para fortalecer una posición que dependía tanto de la espada como de la palabra.

    Su nombre quedó grabado para siempre en la piedra de los Montes Obarenes. Allí, en lo alto de un cerro dominaba el Castillo de Cellorigo —el llamado Pretil de Castilla—, y fue en sus murallas donde la historia contuvo el aliento. En los veranos de 882 y 883, el ejército de al-Mundir, hijo y heredero del emir de Córdoba, avanzó como una marea de acero y polvo, dispuesto a engullir la cristiandad peninsular. Pero los invasores se toparon con algo más que piedra y hierro: se encontraron con la maestría de un hombre que sabía que la estrategia vence siempre al número. Vela organizó la defensa con mano firme, cerrando la puerta a la Rioja y convirtiendo aquel paso crucial en una muralla infranqueable que obligó al enemigo a retroceder hacia Pancorbo, con la cabeza baja y las filas rotas.

    Aquel triunfo fue más que un hecho militar: fue el aliento inicial de un linaje que marcaría el destino del norte ibérico. Aunque el rastro directo de sus lazos carolingios se difumine entre pergaminos perdidos y tradiciones entrecruzadas, su sombra se proyectó durante siglos a través de descendientes como su hijo Munio Vélaz, quien sucedería en el condado de Álava. Y si bien los cantares de gesta de siglos después le atribuyeron injustamente un papel oscuro en los destinos de Castilla, la verdad es que el Conde Vela no solo defendió una fortaleza —diseñó el mapa de poder que permitiría a los reinos del norte soñar con la reconquista de una tierra que todavía sentían como suya.

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