ALONSO





En campo de gules, sobre rocas de oro, un castillo de plata, aclarado de azur, con una bandera en la torre del homenaje y surmontado de tres flores de lis de oro, puestas en jefe y en faja.

ELIZALDE





Escacado de sable y plata, en trece órdenes.

CAPÓ










Partido: 1º, en campo de gules, tres castillos de plata, aclarados de gules y puestos dos y uno. 2º, en campo de azur, tres flores de lis, de oro, puestas dos y una.

ZAMORA










De oro, un castillo de su color, almenado, mazonado de sable y aclarado de gules. Bordura de azur con ocho estrellas de oro.

VALDENEBRO







Cortado: 1º, de gules, seis flores de lis de oro puestas de dos en dos. 2º, de oro, un enebro de sinople, acostado de dos leones al natural, uno a cada lado del tronco.

SOLANO



 
De azur, un sol de oro. Bordura de gules con ocho cabezas de sierpe, al natural.

BRIZUELA



De plata, cuatro cotizas de sable, y entre las dos del centro tres aspas de gules.

MELGUIZO





Partido. 1º: de azur una torre de plata mazonada de sable, acompañada en lo alto de dos estrellas puestas en faja y en lo bajo de dos crecientes ranversados, en faja, todo de plata y 2º: de oro, tres medios vuelos de gules bien ordenados.

LEONES EN ESCUDOS MEDIEVALES


Estos días, leyendo libros sobre heráldica, me he fijado en formas de leones que figuran en armerías medievales. Los he dibujado y os los presento aquí. Son formas que quizá hoy no agradasen, pero que forman parte de la mejor heráldica.

LODARES




Cortado 1.º, en campo de oro, un águila de sable. 2.°, en campo de oro, un árbol de sinople, con un perro al natural atravesado al tronco. Bordura general de gules con ocho veneras de plata.

RUIZ DE OGARRIO




Cortado: 1.º, en campo de plata, un árbol de sinople, terrasado de lo mismo y con un lobo atravesado a su tronco. 2.º, en campo de oro, cinco panelas de gules y plata.

CARRANZA






Cuartelado: 1°, y 4°, en campo de plata, un lobo de sable. 2° y 3º, en campo de sinople, una torre de plata.

LAS PROBANZAS DE HIDALGUÍA.


LAS PROBANZAS DE HIDALGUÍA

Con el término general de Probanzas de Hidalguía se engloban todos aquellos procesos o trámites cuya finalidad última era la de probar la calidad de Hidalgo del interesado. La necesidad de esta Probanza venía impuesta cuando se negaba a alguien su condición de hidalgo o cuando era necesaria para el disfrute de ciertos privilegios.

Cuando alguien gozaba de hidalguía notoria, esta se restringía, normalmente, al ámbito territorial en el que el hidalgo había nacido y vivía. En consecuencia no se le repartía tributos reales ni concejales, no se le embargaban ciertos bienes, no se le repartía alojamientos, no se le incluía en sorteos para el Ejército, etc.

La referencia, quizá la más antigua, que se refiere a la prueba de la hidalguía es la contenida en el Fuero Viejo de Castilla, en su ley 18, título V, libro I, que dice: “Si el hidalgo, á quien se niegue serIo, afirmáre que lo es, debe probarlo con tres hidalgos y dos labradores, ó con tres de éstos, y dos de aquellos, sin juramento: y sus dichos debe oirlos el fiel dado por ambas a presencia de éstas, y llevarlos al Juez del pleito, para lo que han nueve dias de plazo.”

Los casos más habituales en los que era preciso probar la hidalguía son:

-      Cuando pasaba a residir en otro lugar.

-      Cuando adquiría bienes en otro lugar.

-      Cuando pretendía ingresar en determinados Colegios Mayores.

-      Cuando deseaba sentar plaza de cadete o ingresar en los Colegios de Oficiales del Ejército o de la Armada.

-      Cuando solicitaba una merced nobiliaria al Rey.

-      Cuando una persona titulada deseaba contraer matrimonio y el futuro cónyuge debía probar su nobleza.

-      Cuando deseaba adquirir un Título nobiliario a un convento o monasterio, con la calidad de venables.

-      Para ingresar en las Órdenes Militares o en otras corporaciones nobiliarias.

La probanza de la nobleza de sangre a fuero de España se puede hacer de dos maneras: con la presentación de una prueba plena o mediante, tres actos positivos de nobleza en antepasados directos del mismo linaje cuya nobleza se pretende probar.

La Real Academia define el acto positivo como aquel hecho que califica la nobleza de alguna persona o familia. La razón de necesitarse tres actos positivos radica en que la nobleza de sangre precisa, para serlo, de al menos tres generaciones en su posesión, además de evitar que un solo acto pueda contener algún tipo de inexactitud, cuando no falsedad en su posesión.

Existe actos positivos que constituyen lo que se denomina Prueba Plena de nobleza. Esto es, aquel acto positivo de nobleza que se ha producido con sentencia firme de tribunal competente en materia de nobleza o bien es la concesión expresa de nobleza por parte del Soberano a una determinada persona. También se incluirá entre las pruebas plenas lo dispuesto en la Real Pragmática de Felipe IV, de 10 de febrero de 1623.

Refiriéndonos a lo contenido en esta Pragmática, señalamos que la pertenencia a las Órdenes Militares de Santiago, Calatrava, Alcántara o Montesa o a la Órden Hospitalaria de San Juan, naturalmente sin dispensa de la nobleza de varonía, son un acto positivo y tres actos positivos de este tipo se transforman en nobleza ejecutoriada y cosa juzgada, es decir en Prueba Plena.

Quiere esto decir que quien presente un documento que pruebe la pertenencia de un caballero a una de estas Órdenes, sin dispensa, es en sí mismo un acto positivo, pero solamente uno. Ahora bien, quien presente esta prueba juntamente con el expediente del caballero, éste expediente podrá contener pruebas documentales que en sí mismas constituyan diferentes actos positivos de nobleza (otros ascendientes caballeros de las Órdenes, padrones con distinción de estados, privilegios de nobleza, etc.).

Una relación de actos positivos, nunca exhaustiva, se incluyó en este Blog en una entrada anterior.

LA REAL CHANCILLERÍA DE VALLADOLID 
Nos vamos a centrar en la Chancillería de Valladolid como ejemplo de la actuación de los Tribunales con competencia en los procesos de hidalguía, además de ser, junto con la Chancillería de Granada, de idéntico funcionamiento, los que extendían su jurisdicción sobre la mayor parte de los territorios de España.
Con anterioridad a Enrique II, se usaba la palabra Audiencia y Chancillería para referirse al órgano que sellaba las providencias, cartas y privilegios concedidos por el Monarca, sin entender, en absoluto, de la administración de la Justicia. La Real Chancillería fue un Tribunal creado por Enrique II en las Cortes de Toro de 1371. En un principio sigue al Rey, sin domicilio fijo. En 1390 Juan I da un Ordenamiento en el que fija la ciudad de Segovia como sede de la Chancillería, aunque parece que no se cumplió a rajatabla, ya que existen Ejecutorias fechadas en Madrid en 1391 y noticias de diferentes reuniones de la Chancillería en Valladolid.
En las Cortes de Valladolid de 1442, siendo rey Juan II, se pretende fijar en dicha ciudad la residencia de la Chancillería y son los Reyes Católicos los que definitivamente lo aprueban en las Ordenanzas de Medina del Campo en 1489. En Valladolid se mantuvo la Real Chancillería hasta su supresión en 1834, es decir 345 años.
La Novísima Recopilación, Libro V, Título I, Ley I, recoge la disposición de los Reyes don Fernando y doña Isabel, dada en Medina del Campo año 1489 y don Fernando y doña Juana en Toro a 8 de febrero de 1505: “Mandamos, que una de las Audiencias de mis Reynos resida continuamente en la villa de Valladolid, por ser villa noble y convenible para ello, según que lo ordenó el Señor Rey don Juan nuestro padre, que santa gloria haya, en las Cortes de Valladolid, que hizo el año de 1442, pet. 48; y que la nuestra Audiencia que antes residía en Ciudad Real, este en la ciudad de Granada, por estar, como está, en comarca mas conveniente de todas las ciudades, villas y lugares del Andalucia y Reyno de Murcia.”
La Real Chancillería de Valladolid estaba formada, al final del reinado de los Reyes Católicos, por cuatro Salas de los Civil, la Sala del Crimen, la Sala de los Hijosdalgo y la Sala de Vizcaya.
LA SALA DE VIZCAYA
El Fuero del Vizcaya, consagra en su Título I, Ley XVI:  “Que todos los naturales de este dicho Señorío de Vizcaya, Tierra Llana, Villas y Ciudad, Encartaciones et Durangueses eran Notorios Hijos-Dalgo.... “
Con base en esta consideración de los vizcaínos y de sus Fueros, existía la Sala de Vizcaya, una de las que formaban la Chancillería de Valladolid, y que era donde se fallaban las causas civiles, criminales y de hidalguía de los vizcaínos de origen.
La Sala de Vizcaya estaba formada por el Juez Mayor de Vizcaya. En dicha sala no había Oidores ni Alcaldes. Le acompañaban dos escribanos, un repartidor y tasador y uno o dos relatores.
El Juez Mayor de Vizcaya resolvía, de acuerdo con el Fuero, los asuntos de los naturales, vecinos o moradores del Señorío de Vizcaya, Tierra Llana, Villas, Ciudad, Encartaciones y Durangueses.
En la Sala de los Hijosdalgo los pleitos se iniciaban sin que sobre ellos hubiese recaído sentencia alguna de otro Tribunal en primera instancia. Sin embargo los de la Sala de Vizcaya llegaban a la Chancillería después de fallados en primera instancia por el Corregidor del Señorío y demás Justicias de él. La sentencia del Juez Mayor de Vizcaya podía apelarse en revista al Tribunal de Oidores, sentencia esta que firmaban los tres Oidores de rúbrica. Esta última sentencia, aunque muy rara vez se hacía, podía ser recurrida ante el Consejo Real, por la suplicación que se llamaba de las “mil y quinientas” y por la de “injusticia notoria”. Para los vizcaínos de origen, este Tribunal actuaba aún cuando los hechos que motivasen el procedimiento hubiesen ocurrido fuera del territorio del Señorío de Vizcaya.


EL PLEITO DE HIDALGUÍA
El Pleito es el primer grupo en que clasificamos las Probanzas de Hidalguía y la propia palabra pleito  evidencia que existe contradicción entre las partes.
Ya hemos dicho que los Pleitos de Hidalguía se iniciaban, generalmente, cuando una persona que pretendía gozar de los privilegios y exenciones de la Hidalguía era puesta en los Padrones de su vecindad como Pechero o del Estado Llano, reclamándole como a tal los tributos correspondientes e incluyéndolo en el sorteo de reemplazos del Ejército, y, en fin, cuantas obligaciones tenían los buenos hombres pecheros.
Las distintas fases por las que pasaba todo el proceso, desde el origen de la demanda hasta la Sentencia definitiva eran los siguientes:
-   Cuando el que se decía hidalgo se negaba a pagar los pechos, se le sacaban prendas, es decir, le tomaban algún objeto de su propiedad para responder de lo debido.
-   Con el testimonio notarial de la prenda tomada y hecha la escritura de poder a favor de un Procurador del lugar de la Audiencia o Chancillería, se presentaba la petición en la que se demandaba al Concejo que negaba el empadronamiento como hidalgo y al Fiscal de S. M. para que le empadronasen como hidalgo exento de pechos y le restituyesen las prendas tomadas. La demanda contenía las razones de porqué es hidalgo el pretendiente, el testimonio de prendas, el hecho de habérsele empadronado en el Padrón de pecheros y la cantidad que se le ha repartido. La demanda terminaba pidiendo la condena del Concejo, Justicia o Regimiento que repartió los pechos, solicitaba la restitución de prendas, y que la parte demandante disfrutase de las honras, franquicias y exenciones que suelen y acostumbran guardar a los hijosdalgo notorios de sangre; en fin, que se le “tilde, teste y borre de los Padrones de pecheros, en los que injustamente figura”.
-   La Sala de Alcaldes de Hijosdalgo contestaba expidiendo una Real Provisión, firmada por los Alcaldes, refrendada por el Escribano y con la firma y rúbrica del Canciller. Esta Real Provisión incluye los elementos de la demanda y emplaza al Concejo, Justicia o Regimiento para que proceda a la Junta ordinaria de hombres y declare sobre los términos de la demanda.
-   El Concejo normalmente se oponían a la petición del demandante, alegando que se le había cobrado pecho o sacado prenda por ser pechero de forma “quieta, pacífica y sin contradicción alguna”.
-   La Sala de los Hijosdalgo pasaba el acuerdo del Concejo al Fiscal y así comenzaba el pleito propiamente dicho, nombrando el Concejo, Justicia y Regimiento  su Procurador, cuyo otorgamiento de poder se solía hacer a toque de campanas, en Junta de Concejo.
-   El Fiscal emitía su informe negando las pretensiones del demandante y su derecho a eximirse de pechos y cargas, alegando que el “Patrimonio Real debía ser absuelto y dado por libre”.
-   En la fase de prueba, se presentaban por cada parte las alegaciones que considerasen más convenientes para la defensa de sus derechos. Entre estas estaba la citación de testigos, hidalgos y pecheros, para que declarasen todo cuanto pudiera demostrar la hidalguía del demandante y de sus ascendientes en los lugares en los que habían vivido. Se usaban también copias de Padrones, partidas sacramentales, reconocimiento de Casas solares o capillas, privilegios de hidalguía, ejercicio de cargos por el Estado Noble, etc.
-   Si se alegaba la propiedad de Casa solar y escudo de armas, se enviaba a un Alcalde para verla y sacar testimonio de la familia a la que pertenecía, desde cuando y su relación con el demandante. Es la diligencia que se conoce como “vista de ojos”.
-   Con todas las pruebas y diligencias citadas, la Sala de Alcaldes de Hijosdalgo dictaba Sentencia. En ella, si fallaba a favor del demandante, decía que “probó bien y cumplidamente su petición de demanda” y que “el Fiscal del Rey Nuestro Señor y el Concejo, Justicia, Regimiento, oficiales y hombres buenos de tal villa, lugar o ciudad, no probaron sus excepciones ni defensiones”; en cuya virtud se impone a estos “perpetuo silencio” y se declara al litigante por hijodalgo notorio. Si esta sentencia no era recurrida y quedaba firme, a este pleito se le llamaba “Olvidado ante oidores”.
-   Si el Concejo apelaba esta sentencia, como era su obligación si no les era favorable, o lo hacía el demandante en caso contrario, se procedía a una nueva fase de pruebas y se concluía con otra Sentencia de Vista en la Sala de Oidores.
-   Por último podía llegarse a una última sentencia, en caso de apelar, o mejor dicho suplicar, la anterior, llamada “Sentencia en grado de Revista”, dada ante la Sala de Oidores. Esta Sentencia ya no tenía apelación posible y era definitiva.
-   Si la Sentencia era favorable al demandante, se emitía la Carta Ejecutoria de Hidalguía, que contiene la demanda, un resumen de las pruebas y las sentencias.

Cuando el pleito recorría todas las fases de primera instancia-apelación-súplica, con sentencia definitiva, y carta Ejecutoria, se decía pleito fenecido. Si el pleito no se llegaba a su total sustanciación, se decía olvidado. Si llevan la sentencia de los Alcaldes se llaman olvidados anteoidores y si no llevan ninguna sentencia se dice olvidados antealcaldes.

GARCÍA-ARIAS



De gules, siete veneras de oro sobre ondas de plata y azur

PARDO DE VERA Y GARCÍA-ARIAS



Medio cortado y partido: 1º de oro, un águlia de sable coronada de oro; 2º seis ordenes de veros, la bordura de gules cargada de ocho aspas de oro; 3º de gules, siete veneras de oro sobre ondas de plata
y azur.

NOBLEZA EN PROPIEDAD Y EN POSESIÓN


NOBLEZA EN PROPIEDAD Y EN POSESIÓN

Antes de tratar este asunto conviene señalar los registros sobre los que, de forma general, recaía la calificación del vecindario según los tres estados: noble, clérigo o pechero.  La diferenciación de estados estuvo vigente en España hasta la implantación del Régimen Constitucional y la promulgación el 18 de junio de 1837 de la Constitución elaborada por las Cortes reunidas en octubre de 1836. Antes de esta fecha, en los periodos liberales de 1812-1815 y 1820-1823, que aplicaron la Constitución de las Cortes de Cádiz, de 19 de marzo de 1812, la conocida como “la Pepa”, tampoco se aplicaron los privilegios y exenciones propias de la Hidalguía.

LOS PADRONES

Los Padrones son los documentos de los Concejos en los que se hacía la matrícula de vecindad para repartimientos, quintas, cargos, etc. En dichos padrones se distinguían, generalmente por motivo de exenciones, a los pecheros de quienes eran hidalgos, exentos o excusados.

Los Padrones son, sin duda, el documento más importante para la prueba nobiliaria. Quien figure empadronado como noble, sin que exista oposición a ello, ha de considerarse en posesión pacífica de su nobleza.

La Real Chancillería de Valladolid por auto de 10 de noviembre de 1736, con publicación el 16 de diciembre del mismo año, establece la obligatoriedad de la realización de Padrones a Calle Hita, dentro del ámbito jurisdiccional de la Sala de los Alcaldes de los Hijosdalgos, con una periodicidad de siete años, a fin de distinguir perfectamente los estados y clase social de los empadronados que "tuviesen vecindad", o que "estando ausentes la mantuviesen por razón de su hacienda", " dando a cada uno con claridad y distinción el estado que les corresponde, sin dejar alguno por dudoso, poniendo al pechero por pechero, al hidalgo por hidalgo, al clérigo por clérigo, y al exempto y al privilegiado por tal. 

Es, por lo tanto, la inscripción en los citados Padrones una de las pruebas más importantes para demostrar de la posesión de la hidalguía, y referencia casi obligada en los expedientes de información de nobleza, en los instruidos a fin de otorgar estado conocido a un solicitante, o en los Pleitos de Hidalguía. Pero no son las únicas pruebas que indican nobleza.

LA INSACULACIÓN

Era frecuente en los Concejos elegir diputados o representantes por el sistema de sorteo. A aquellos nobles o hidalgos que podían representar a su Concejo se les incluía en unas papeletas que se introducían en una bolsa o recipiente del que eran extraídas  al azar.

Así, muchos concejos mantuvieron unas listas de insaculados para ocupar los cargos. Esto es lo que se conoce como Insaculaciones, constituyendo una prueba de nobleza similar a los padrones de Estado.

PROPIEDAD Y POSESIÓN

Se dice estar en posesión de la hidalguía cuando el hidalgo está inscrito en los padrones municipales en los que consta la distinción de estados, inscripción aceptada por los vecinos del Concejo de forma pacífica y sin que exista ninguna reclamación, o bien, cuando en los lugares en que no se llevaban dichos padrones, gozaba de igual forma pacífica de todos los privilegios y exenciones de la Hidalguía. Lo normal es que esta situación se mantuviese durante muchas generaciones, siempre y cuando estos hidalgos no cambiasen de lugar de residencia o si, en caso de hacerlo, el nuevo Concejo admitiese su hidalguía por su evidente notoriedad. Esto, con todo era excepcional, ya que para estar empadronado como hidalgo se exigía determinados requisitos y cuyo incumplimiento podía dar lugar a tener que probar la hidalguía después de años de haber sido empadronado como hidalgo. Como ejemplo traemos el de don Francisco Javier de Cisneros, Regidor perpetuo y Secretario del santo Oficio de la Inquisición en Toledo, que solicitó declaración de su hidalguía ante la Sala de los Hijosdalgo de la Real Chancillería de Valladolid (expte. 0939.0007) el año 1747. El motivo fue que algunos vecinos dieron delación de que algunos gozaban del estado de hijosdalgo sin estar admitidos con las solemnidades prevenidas. Por esto se pidió que todos los que estuviesen admitidos desde el año 1703 y no estuviese aprobado su recibimiento en la Real Chancillería, lo tramitasen. Es lo que se conoce como obtener Real Provisión de dar estado conocido. Podríamos citar  muchísimos más, bastantes para inscribirse en el padrón de hijosdalgos de Madrid, incluso tratándose de personajes que eran caballeros de Órdenes Militares, a la vez que eran títulos del Reino y altos cargos militares.

Por ello, lo habitual era que algún miembro de una familia hidalga hubiese de cambiar de lugar de residencia, buscando en donde disponer de medios de fortuna, ya fuese por matrimonio, por el desempeño de cargos de República, por el ejercicio las armas, etc. Al empadronarse en el nuevo lugar tenía necesidad de probar su calidad de hidalgo, que, en principio, le quedaba negada al suponer un perjuicio al interés de los buenos hombres pecheros, ya que éstos tenían que contribuir a su costa con las cargas reales y concejales y los repartos de servicios que el nuevo Hidalgo no soportaba por las exenciones y privilegios concedidos a su calidad.

Cuando el hidalgo pedía la vecindad en un nuevo lugar, el Concejo le señalaba el estado de pechero y le asignaban los pechos que le correspondían. Como se negase a pagarlos, alegando su hidalguía, los repartidores de pechos le embargaban algunos objetos de su propiedad, llamados prendas. Para recuperarlos y lograr la exención de pechos, tenía el Hidalgo la necesidad de litigar para demostrar su hidalguía y obtener la Carta Ejecutoria de Hidalguía, iniciando un pleito ante la Sala de Hijosdalgo de las dos Chancillerías, de Valladolid o Granada, en las Audiencias o en otros Tribunales competentes en razón del Territorio. La obtención de dicha Carta Ejecutoria de Hidalguía, o documento equivalente, dada en juicio contradictorio por dichos Tribunales, es la que otorga la hidalguía en propiedad.


En todo caso, la nobleza o hidalguía en propiedad o en posesión tiene idénticos efectos y su calidad es la misma.

FERNÁNDEZ-MIRANDA



De gules, cinco bustos de doncella al natural, cargados de una venera de oro, rodeados de dos sierpes de sinople, bicéfalas, coronadas y entrelazadas. Jefe de azur con tres lises de oro puestas en faja.

CEDEÑO



Escudo cortado: 1º, de gules, un castillo al natural superado de un águila de plata. 2º, de azur, tres fajas onduladas de plata y brochante una carabela de azur. Bordura componada de veinticuatro piezas, alternando, de gules, un castillo de oro y, de plata, un león de púrpura coronado de oro.

SUSPENSIÓN DE LA NOBLEZA





SUSPENSIÓN DE LA NOBLEZA



Los hidalgos podían suspender voluntariamente su hidalguía, generalmente muy pocas veces y por causa de pobreza. En todo caso, esta posibilidad debió de ser realidad en escasísimas ocasiones, ya que los padrones nos dan continuas muestras de hidalgos en situación de gran pobreza, sin que ello les llevase a prescindir de lo que para ellos era lo más preciado: su hidalguía.



El Fuero Viejo, en su Ley 16, Título V, Libro I, dice: “… En esta manera, si algund ome nobre vinier a pobredat, e non podier mantener nobredat, a venir a la Iglesia, e dixier en Conceio: Sepades, que quiero ser vostro vecino en infurcación, o en toda facienda vostra; e adujere una aguijada, e toviera la aguijada dos omes en los cuellos, e pasase tres veces so della, e dixier: Dexo nobredat e torno villano; e entonces será villano, e quantos fixos e fixas tovier en aquel tiempo, todos serán villanos. E quando quisier tornar a nobredat, venga a la Iglesia e diga en Conceio: Dexo vostra vecindad, que no quiero ser vostro vecino; e trocier sobre el aguijada diciendo: Dexo villania, e tomo nobredat; entonces será nobre e quantos fixos e fixas, abran quinientos sueldos e serán nobres”



La suspensión no quiere decir renuncia, ya que la calidad de hidalgo es irrenunciable. Así se estableció en las Cortes de Valladolid del año 1601, con la sanción del Rey don Felipe III: “Las cuales preeminencias y libertades de los hijosdalgo, es nuestra voluntad que no se puedan renunciar ni renuncien, y si así lo hicieren, queremos que las tales renunciaciones no valgan y sean en sí ningunas”

POTESTAD




Partido: 1.°, en campo de azur, un árbol de plata, acompañado de dos columnas del mismo metal. 2.°, en campo de gules, tres cabrios de oro.

SANMAMED



 
En campo de gules, un castillo de plata, almenado, mazonado de sable y aclarado de gules.

FERNÁNDEZ DE BOBADILLA




Cuartelado: 1° y 4°, en campo de oro, un águila de sable. 2° y 3°, en campo de plata, una torre al natural, almenada, mazonada de sable, ardiendo por puerta y ventanas.

ARRIBILLAGA




En campo de azur, una banda de oro engolada en dragantes de sinople y acompañada de dos flores de lis de oro, una a cada lado.

MONTEROS



 
En campo de oro, tres bocinas de montero de sable, bien ordenadas.

RODRÍGUEZ DE LA VIÑA



En campo de azur, un aspa de oro acompañada en cada hueco de una flor de lis de plata. Escusón de oro con una flor de lis de gules.

ALGUNAS PAUTAS HERÁLDICAS

Hoy he recibido un obsequio fruto de la amabilidad y, desde hace muchos años, de la gran amistad que nos une, además de un múltiple parentesco y lugar de origen en las tierras lucenses. Me refiero al prestigioso heraldísta e investigador de nuestra Edad Media, especialmente la gallega, don Eduardo Pardo de Guevara y Valdés, director del Instituto de Investigación Padre Sarmiento (CSIC-Xunta de Galicia), de Santiago de Compostela.


El obsequio en cuestión son los dos tomos de la obra EMBLEMAS MUNICIPALES DE GALICIA que corresponden a los expedientes de escudos y banderas aprobados entre los años 1994 y 2003, diseñados todos ellos por el profesor Pardo de Guevara.


Al comienzo del libro dedica unas páginas a los CRITERIOS HERÁLDICOS Y RECOMENDACIONES GENERALES que, aunque referidos en este caso a escudos municipales, son en su casi totalidad aplicables a todos los escudos de armas.


Por la importancia que tienen estos criterios y recomendaciones, importancia que es resaltada precisamente por su sencillez, me parece oportuno reseñarlos aquí, de forma breve pero clara.


Lo primero que se ha de tener presente en el diseño o estilo heráldico es el mayor respeto a los principios de simplicidad, claridad y equilibrio.


Dice el autor, refiriéndose a los escudos municipales que estos no pueden ser, en modo alguno, una especie de vitrina en la que es posible introducir, combinar o almacenar todo tipo de objetos arqueológicos, acontecimientos históricos, peculiaridades geográficas y otros muchos aspectos del municipio en cuestión. Sin duda esto también ocurre y lo vemos muchas veces en los escudos gentilicios. Son lo de aquellos que pretenden agrupar en el mimo escudo, con un sinfin de particiones, toda la historia heráldica de los ascendientes del que ahora dibuja su escudo.


A menudo se acostumbra a confundir lo que es un emblema heráldico con lo que es un logotipo. Así, los actuales creadores de armerías o los ususarios de ellas tienden a detallar los elementos del escudo hasta extremos realmente insospechados, ignorando la diferencia que existe entre el propio embleza heráldico y su representación formal, adaptable esta última a la personalidad o gustos del artista heráldico y a las modas o criterios artísticos vigentes en cada época y lugar.




ORGANIZACIÓN O DISPOSICIÓN


La claridad y la sencillez, el equilibrio y la simetría son algunos de los rasgos más definitorios de las composiciones heráldicas.


Deberá evitarse, en la medida de lo posible, la división o partición del campo en cuarteles. Solamente en casos justificados, como puede ser la unión lógica y razonada, que no la ostentación heráldica,  de varias armerías, se puede partir el campo del escudo de la forma más adecuada para cada caso.


La elección de los colores (esmaltes y metales) ha de ser entre los aceptados en las armerías españolas; gules, azur, sinople, púrpura, sable, oro, plata y, de forma restringida, el llamado natural. Dentro de esta elección, un escudo no deberá de llevar, de forma general, más de tres colores, procurando combinarlos, de forma general pero no como norma rígida, con las pautas tradicionales; sinople y oro, azur y plata.


En general, no se incorporará al campo del escudo ningún lema o inscripción. Si este elemento se considera necesario, deberá colocarse en una bordura.



PIEZAS Y FIGURAS

La sencillez y la elegancia, o lo esquemático y la estilización, son características necesarias en las figuras heráldicas. Por esto, deberá prescindirse de aquellos elementos de la figura que no son necesarios para su identificación, exagerando, por el contrario, los que la definen (cabeza y garras del león, hojas y frutos del árbol, pico y garras del águila, etc.)

Las figuras deben mirar a la derecha del escudo. Cuando no sea así, por razones de simetría o equilibrio, deberá indicarse en el blasonamiento esta alteración.

Las piezas se colocarán en el lugar que les corresponde, respetando el tamaño acostumbrado o adecuado, teniendo además presente que los sementados en fajas, bandas, barras, etc. deberán seguir siempre el sentido de las piezas.

Los trazados de las figuras deberán respetar siempre la tendencia a la plenitud y con ello la adaptación al espacio disponible en el campo del escudo.


BLASONAMIENTO

Las armerías deben ser blasonadas, es decir descritas, utilizando los términos y giros precisos del vocabulario heráldico, evitando incurrir tanto en la vaguedad como en la excesiva precisión en detalles innecesarios.



Todas estas pautas heráldicas son extremadamente sencillas y, sin embargo, una y otra vez las vemos incumplidas en numerosas representaciones de escudos de armas.

A lo largo de estas notas incluyo algunos de los diseños heráldicos de Municipios de Galicia que son magníficos y hermosos ejemplo de lo dicho hasta aquí.

FORET









En campo de sinople, una faja de plata, dentada en la parte superior y acompañada en lo alto de dos fusos de oro y en lo bajo de uno, también de oro.

CLARO



 


En campo de plata, un árbol arrancado de sinople, acompañado el tronco de dos calderas de azur.